Para la Navidad pasada me regalaron algo… diferente.
Mi amiga juró que ese paquetito morado bajo el arbolito iba a cambiar mis noches.
No le creí… hasta esa noche.
Eran casi las 2 a.m.
Yo bajé por “agua”, pero en realidad bajé por MON.
Solo las luces del pino encendidas, sombras bailando en la sala… y yo con el corazón latiendo tan fuerte que pensé que iba a despertar a todos.
El primer toque fue tan suave que pensé que no iba a pasar nada.
Pero cuando empezó a moverse, cuando sentí ese ritmo que va de lo sutil a lo intenso…
Era silencioso, pero yo no.
Cada vez que subía la intensidad, sentía que mi gemido iba a escaparse, y la idea de que alguien bajara por sorpresa…
uf, eso me calentaba todavía más.
Sentí mis piernas temblar, la respiración cortada, las luces del arbolito parpadeando mientras yo intentaba no hacer ruido.
Y cuando llegó ese final —profundo, húmedo, inevitable— tuve que morderme el labio tan fuerte que casi me dejo marca.
Nunca pensé que la mejor parte de mi Navidad sería intentar venirme sin que me cacharan.
Pero desde esa noche… entiendo perfectamente por qué todas dicen que lo aman.