Cuando se habla de sexualidad, muchas veces se da por hecho que todas las personas sienten atracción sexual, que todas quieren sexo o que todas viven el deseo de una manera parecida. Pero no es así. Y justo por eso es importante hablar de asexualidad.
La asexualidad es una orientación sexual. En términos generales, se refiere a personas que experimentan poca o nula atracción sexual hacia otras personas. Y aquí empieza una de las mayores confusiones: ser asexual no significa automáticamente que alguien odie el sexo, que nunca haya tenido relaciones sexuales o que tenga “un problema”. Significa que su experiencia con la atracción sexual es distinta.
Significa que una persona puede no sentir atracción sexual, o sentirla de forma poco frecuente, muy específica o solo bajo ciertas circunstancias. No todas las personas asexuales lo viven igual.
Hay personas asexuales que no tienen interés en el sexo, otras que sí pueden tenerlo por distintas razones, y otras que sí desean relaciones afectivas o románticas. Porque algo importante aquí es esto: atracción sexual y atracción romántica no son lo mismo.
Una persona asexual puede enamorarse, querer pareja, disfrutar la intimidad emocional, el cariño o el contacto físico. También puede no querer nada de eso. Y ninguna de esas formas hace que sea “más” o “menos” asexual.
La asexualidad no es:
un trauma no resuelto,
una etapa,
miedo al sexo,
inmadurez,
represión,
ni una falla hormonal por definición.
Sí, hay personas que pueden tener bajo interés sexual por depresión, ansiedad, medicamentos, dolor sexual, experiencias difíciles o cambios hormonales. Pero eso no es lo mismo que la asexualidad. La diferencia es que la asexualidad no se considera una enfermedad ni algo que deba corregirse. Es una orientación, no un defecto.
Uno de los prejuicios más comunes es pensar que las personas asexuales son frías o incapaces de amar. Y no. No sentir atracción sexual no significa no poder conectar, querer, cuidar o construir vínculos profundos.
Otro mito muy repetido y bastante nefasto es: “solo no han conocido a la persona correcta”. Además de ser bastante condescendiente, este comentario invalida lo que la persona sabe de sí misma. Es asumir que desde fuera alguien entiende mejor su experiencia que ella misma.
También está la idea de que las personas asexuales no pueden tener pareja. Claro que pueden, si así lo desean. Hay personas asexuales con relaciones románticas, vínculos negociados y maneras muy propias de construir intimidad. Pensar que una relación solo vale si hay sexo es una visión bastante reducida.
Y sí, otro prejuicio frecuente es creer que la asexualidad “no existe”. Pero existe, aunque durante mucho tiempo haya sido invisibilizada o poco comprendida.
Porque vivimos en una cultura que suele poner al sexo en el centro de todo. Se asume que todas las personas sienten atracción sexual y que si no es así, entonces algo anda mal. Bajo esa lógica, la asexualidad suele verse como rareza, problema o carencia, cuando en realidad es simplemente una manera distinta de vivir la sexualidad.
Que algo sea menos común no significa que sea menos real.
En el Día Internacional de la Asexualidad, vale la pena recordar algo importante: no hay una sola forma correcta de vivir la sexualidad, el deseo o los vínculos.
Para algunas personas, el sexo es una parte importante de su vida. Para otras, no. Y ninguna de esas experiencias vale más que la otra.
Hablar de asexualidad no solo ayuda a visibilizar una orientación sexual que históricamente ha sido ignorada. También ayuda a que más personas dejen de sentirse rotas, raras o fuera de lugar por no encajar en lo que otros esperan.
Entender la diversidad sexual no consiste en que todas las experiencias se parezcan a la nuestra. Consiste en reconocer que las experiencias de otras personas también merecen respeto, dignidad y espacio.